Sociedad Cultural Abenzoar - Tricentésimo centenario de los Abenzoares
Tricentésimo centenario de los Abenzoares  E-Mail

Meses atrás, un sorprendente hallazgo producía un tremendo revuelo en el mundillo de los prehistoriadores y arqueólogos: un eminente investigador de la Universidad de Borneo, Lois Dos Fillos D’Algo, había logrado descifrar, por fin, un enigma que ha traído de cabeza a los más sesudos eruditos durante los últimos años. Se trata de dos figuras que forman parte de una pintura rupestre descubierta en un abrigo de las montañas del Rif, a la que se atribuye una antigüedad de no menos de 30.000 años. Según Dos Fillos, dichas figuras (marcadas con una flecha en la ilustración) representan a dos miembros ¡de la tribu Abenzoar! Sus argumentos son contundentes: una de las figuras aparece tocada con casaca y turbante (a punto de deshacerse), mientras persigue, en actitud claramente agresiva, a otra que huye con una especie de saco o mochila a la espalda, una escena típica, según Dos Fillos, de los usos y costumbres de dicha tribu, en la que, según la documentación existente, era habitual que sus miembros más prominentes dedicasen buena parte del día a perseguir, casi siempre en vano, a sus agüeros.

 Los Abenzoares en una pintura rupestre del Rif

     En realidad, este descubrimiento no lo es tanto para los actuales Abenzoares, que desde hace ya bastante tiempo eran conscientes de la antigüedad de su nombre y linaje. De hecho, cuentan con numerosas e importantes evidencias que documentan su presencia y su paso por la historia desde épocas remotas. Exponemos a continuación, por ilustrar al amable lector, algunas de esas pruebas.

Los Abenzoares de paseo por la historia

Comenzando por la antigua Roma, el gran Julio César menciona en sus memorias de la campaña de África un incidente al que apenas han prestado atención los historiadores: entre las tribus norteafricanas que había reclutado como tropas auxiliares se encontraba, dice, la de los Bensoares, cuyos miembros solían hacer alarde de su valor y arrojo en el campo de batalla; pero, sigue contándonos, hubo de prescindir de ellos porque tenían una extraña afición a pelearse entre sí, y continuamente andaban en reyertas, hasta el punto de olvidarse, incluso, de acudir al combate cuando se les requería, si estaban enfrascados en una de sus interminables refriegas. “Algunos de ellos”, añade, "formaban parte de la guardia personal de Cleopatra, y se decía que la reina reclamaba a menudo su presencia en sus aposentos privados…”.

Banquete de Cleopatra (Jacob Jordaens)
En su obra Banquete de Cleopatra (1653), el pintor Jacob Jordaens se hace eco de la historia contada por César. Con toda probabilidad los dos personajes situados a la espalda de la reina de Egipto son miembros de la tribu de los Bensorares: la torva y aviesa mirada de uno de ellos (tocado con turbante) y el gesto desvergonzado y chocarrero del otro no dejan lugar a dudas.


     Siglos más tarde, la tribu de los Abenzoares reaparece en una crónica árabe anónima que describe el paso del Estrecho por la tropas deTariq ben Ziya, el conquistador de la Hispania visigótica. Algunos de aquéllos, reza la crónica, “se presentaron ante el gran Tariq ofreciéndose como pilotos de sus naves, pues se jactaban de que no los había mejores en esta parte de la costa. Tariq el magnánimo les confió varias de sus mejores naves, llenas de soldados. Pero pronto se vio que aquellos hombres eran tan mentirosos como pésimos navegantes, pues la mayor parte de los barcos chocaron entre sí en la misma bocana del puerto, y  los restantes se perdieron hacia la parte de occidente. Tan grande fue la pérdida que a punto estuvo de fracasar la invasión de Spania, antes incluso de haber comenzado. Años después, algunos de estos Abenzoares retornaron contando que habían encontrado el Paraíso hacia la puesta del Sol, pero nadie les creyó”.

    Una carta supuestamente dirigida por el rey Alfonso X a un tal conde de la Volteta aporta una nueva referencia histórica a los Abenzoares. En ella, el monarca se queja amargamente del comportamiento de “un moro, que avie nombre Josef Ibn Açid, de la tribu Abençoar, el qual pareciome muy sesudo home et de muy buen entendimiento, et tomelo por sabio et finquelo en la mi villa de Toledo, con otros muchos cristianos, moros et judeos. Pero non era tal, si non grande engannador et robador, ça cogio muchos escriptos et pergaminos de paper et de cuero, et los vendio y gano dello muchos dineros. Despues que lo ove conosçido, mande que fuesse colgado de los pulgares, pero el fementido dio dineros al guardia, et assi escapo, et ya non fue hallado. Algunos deçian que escapo por culpa de los encantamentos & fechizos de unas mugeres de su tribu, que avien fama de fechizeras et magas et erboleras”.

    Poco después, los Abenzoares aparecen en menesteres más agradables. En un discutido verso de su famosa Serranilla dedicada a La vaquera de la Finojosa, don Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, da a entender que algunos de sus miembros andaban en tratos con la alegre muchacha. Allí donde algunos manuscritos dan el verso “con otros pastores”, otros de mejor calidad ofrecen la lectura alternativa “con sus abençores”, que muchos investigadores no habían sabido explicar hasta la fecha, porque ignoraban la equivalencia “abençores” = “Abenzoares”. Así, el comienzo de la Serranilla queda como sigue: 

Moza tan fermosa
non vi en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa
.
[…]
En un verde prado
de rosas y flores,
guardando ganado
con sus abençores
la vi tan graciosa
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa
.

    No hay que andar mucho para encontrar más noticias de los Abenzores. Pocos años después de la conquista de Bizancio por los turcos, un anónimo monje del monte Atos compuso una de las primeras crónicas sobre la instauración del Sultanato en la ciudad. En palabras del monje, “el primer Sultán confió la guarda y custodia de sus esposas a una tropa de mercenarios procedentes del norte de África, de una tribu que llamaban Abendsoar, mandados por dos individuos de mala catadura, de nombre al-Pin y al-Pon, más conocidos por su inclinación a los placeres de la mesa que por su afición al noble arte de la guerra. De ellos se decía, también, que era tal su preocupación por los asuntos del protocolo que pasaban la mayor parte del tiempo prodigando complicados y refinados saludos, tanto entre sí como al resto de cortesanos, hasta el punto de que muchos, al verlos siempre encorvados, creían que tenían alguna dolencia en la espalda que de continuo les obligaba a caminar así. Por razones desconocidas (aunque en la corte circularon rumores de toda especie), el Sultán decidió, repentinamente, prescindir de sus servicios, y a partir de entonces la guardia de su harén, y de los de sus sucesores, fue siempre confiada a los eunucos”.

    Corría el mes de julio de 1798 cuando las tropas de Napoleón desembarcaron en Egipto. Entre los muchos relatos que describen la campaña, hay uno, debido a un oscuro comandante del cuerpo de zapadores, de nombre Vinçent LePrésident, que nos ofrece un nuevo testimonio de la presencia de los Abenzoares en los grandes acontecimientos de la Historia. Nos cuenta aquél que, poco después del desembarco, se presentaron en el campamento francés dos lugareños que pidieron ser recibidos por el mismísimo Napoleón, alegando que traían un negocio que sería de su interés. Gracias a los oficios de significados miembros de su séquito –los señores Joseph-Louis Clemençeau, Emmanuel de la Gesture, Joseph de Condé y  Louis des Oliviers–, fueron recibidos por el general, a quien expusieron el siguiente trato: como comisionados de la tribu Abenzoar, única propietaria legítima de las pirámides de Gizeh, estaban autorizados a realizar las gestiones pertinentes para su venta a Francia, representada por su más alta autoridad militar en la zona. “Lograron convencer”, escribe LePrésident, “a Napoleón, quizá debido a la inexperiencia e ingenuidad de su juventud (pues sólo contaba 29 años), o bien porque ya entonces abrigaba un inmoderado deseo de grandeza. Se concertó el pago de una enorme cifra de dinero, que fue entregada a los dos negociadores, que se hacían llamar Ibn Barakaldaz y al-Montiçin. Luego desaparecieron y no se volvió a saber nada más de ellos. Napoleón ordenó que el escándalo fuera mantenido en secreto y dispuso que los caballeros que le habían presentado a aquellos individuos fueran puestos bajo arresto y conducidos a Francia, aunque meses más tarde quedaron en libertad (se decía que merced a la intercesión de Josefina, que mantenía excelentes relaciones con algunos de ellos)”.

Napoléon en El Cairo (J.L. Gerome)

En 1867, el pintor Jean-Leon Gerome incluyó  en este óleo, El general Bonaparte en El Cairo, a uno de los dos bribones que le vendieron la pirámide de Gizeh. Otras fuentes que se hacen eco de esta historia señalan que “el general les había tomado gran afecto y confiaba sobremanera en ellos”. El pintor, sin embargo, ofrece un retrato idealizado, ya que esas mismas fuentes informan de que “si bien su porte y sus maneras eran arrogantes y señoriales, acudieron al campamento a lomos de unos pollinos piojosos y enclenques, y no pocos pensaron, al verlos, que eran pordioseros o, peor aún, unos truhanes capaces de cualquier engaño”.

 

Cómo celebrar el tricentésimo aniversario

Los Abenzoares –conscientes de su antigüedad, como ya se ha dicho, por estas y otras muchas pruebas– decidieron, tras el desciframiento de la pintura rupestre, que 30.000 años no se cumplen todos los días, y que el hecho bien se merecía una celebración: éste de 2007 sería el año de su 300º centenario.

    Dicho y hecho. Se nombró una Comisión para la organización de tan magno evento, que tuvo como primer cometido el de acallar las objeciones y críticas de los descontentos (siempre los hay) con el simple y expeditivo argumento de que todo aquel que se opusiera sería tachado de traidor y vendepatrias. Lograda de esta forma la concordia general, se pasó a la fase de propuestas.

    La primera fue la organización de un gran desfile de escuadras afines a los Abenzoares, venidas de todos los puntos de la geografía festera. De inmediato se cursaron las invitaciones pertinentes. Cuál no sería nuestra sorpresa conforme iban llegando las respuestas. Ni una sola de las escuadras convocadas podía asistir: la mayor parte estaban sancionadas, por una u otra razón, y tenían prohibido desfilar en unos cuantos años; algunas tenían problemas para formarse al completo, porque las residencias y asilos en que vivían sus integrantes no les permitían salir fuera más de un día; dos de ellas estaban a punto de desaparecer, una por bancarrota y otra por peleas internas; otra, finalmente, se enfrentaba a un problema de imposible solución, ya que sus esposas les tenían prohibido salir a desfilar y, más aún, fuera de sus localidades (“para irse de farra con sus amigachos”, citaban  textualmente, con harto dolor, en su carta).

    Abandonada, pues, la idea del gran desfile, la siguiente propuesta parecía más fácil de llevar a cabo: la grabación de un disco recopilatorio de música de Fiestas. El primer paso, la negociación de los derechos con la Sociedad Gral. de Autores, parecía el más sencillo… Los individuos que se nos presentaron tenían un aspecto más bien siniestro, enfundados en aquellos trajes a rayas, con sus camisas oscuras y sus corbatas chillonas, como recién salidos de un establecimiento de alterne de los años setenta. Apenas gastaron tiempo y saliva en exponernos “la política de tarifas” de la Sociedad, que evitaremos reproducir aquí por no aburrir (ni asustar) al sufrido lector. Palabras como “expolio” o “saqueo” no alcanzan a definir lo que aquella gente pretendía. El proyecto pasó a mejor vida.

    Si no podíamos dejar constancia de nuestro paso por la historia con la música, lo haríamos con la arquitectura: construiríamos una casa o mansión de los Abenzoares que perpetuase nuestro recuerdo, un monumento que estuviera a la altura de nuestros méritos. El dinero no era un problema: unos cuantos milloncejos de euros se podían reunir en un abrir y cerrar de ojos. Un famoso arquitecto-diseñador-interiorista-decorador se encargó del proyecto. Lo que nos presentó nos parecía muy bien: somos gente sencilla y de buen conformar. Algún avispado (otro arquitecto-diseñador-interiorista-decorador seguramente corroído por la envidia) hizo notar que aquel diseño se parecía demasiado al Taj Mahal; más aún, que era una copia exacta. La cosa trascendió: colegios de arquitectos-diseñadores-interioristas-decoradores, despachos de abogados, embajadas, ministerios… Todo el mundo opinaba, y nosotros, erre que erre: o aquello, o nada. Fue nada.

    Llegados a este punto, caímos en la cuenta de que lo del aniversario del tricentésimo centenario no iba a ser posible. Parecía que una gran conjura cósmica se había urdido contra nosotros. Como somos gente avezada en la espera, decidimos que podíamos retrasar un poco más esa celebración: será en el tricentésimo primer centenario.

Equipo Crónico Habitual

 

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