Sociedad Cultural Abenzoar - Que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar
Que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar  E-Mail

Así reza el corrido, pero nuestros próceres festeros parece que lo olvidaron. O decidieron que no era cierto, que lo importante era llegar cuanto antes. Y ahí andan, empeñados en ganarle la partida al tiempo, robando minutos de aquí y de allá. Todo para que los desfiles no se alarguen tanto... que luego los espectadores acaban cansados y las capitanías se “estresan” lo indecible.
Estas almas sensibles, que tanto hacen por el bien de nuestras Fiestas y la defensa de las tradiciones, sólo tienen ojos para los desfiles. Con el buen juicio y la clarividencia que son marca de la casa, han decidido dedicarles todos sus afanes y cuidados. Y hacen bien, porque, como todo el mundo sabe, no hay actos más importantes que éstos, y gracias a ellos Caudete y sus Fiestas son conocidos, no digamos ya en nuestro país, sino en el mundo entero. Tan es así que en la prestigiosa Universidad de Borneo uno de los cursos más solicitados en el Master de "Gestión avanzada de la empresa festera" –del que algunos de nuestros próceres festeros son, por cierto, alumnos aventajados– es el de “Animación de grupos desfilantes: el modelo caudetano”.
En esa lucha abnegada por la mejora de los desfiles, hace ya un año que nuestros directivos nos sorprendieron con una novedad que demostró sobradamente que esta Asociación rebosa imaginación, inventiva e inteligencia: se suprimió la Retreta. Para compensar decidieron prolongar ese gran hallazgo que es el Pregón de Fiestas con un pasacalles muy parecido al que se hacía el día 6 por la noche. Y decidieron darle el mismo nombre. Posiblemente, para que el cambio fuera menos traumático. En realidad, no hacían falta tantos miramientos: este acto, al fin y al cabo, no le reportaba ningún beneficio a la Asociación y sí muchas molestias, amén de que sólo le gustaba al pueblo, que tan poco valora y agradece los desvelos de los próceres festeros. Santas palabras las de alguno de estos padres de la patria: “El pueblo no paga las Fiestas, de modo que le den morcillas” (sic, más o menos).
Pero nuestros dirigentes asociativos no bajan la guardia ni por un instante. No contentos con los revolucionarios cambios del año anterior, que tanto bien han procurado a las Fiestas (en especial, por lo mucho que han ayudado al entendimiento y concordia entre todas las Comparsas), en el presente han dado con un método que hará aún más atractivos y vistosos los desfiles festeros. En lo que no podemos sino calificar como un alarde de precisión técnica, nuestros próceres han dado con la gran fórmula matemática que resolverá de una vez por todas el gran, el único problema que hay en la Entrada y la Enhorabuena: su lentitud. La fórmula reza así:

12 mts. x 1 min.

es decir, “doce metros por minuto”. Ésta es la velocidad mínima que habrán de llevar a partir de ahora los desfilantes. Gracias a este importantísimo hallazgo los espectadores no se desesperarán en las sillas (comodísimas, todo hay que decirlo) que les alquila la Asociación, las Capitanías no llegarán agotadas al final de la jornada y los desfilantes tendrán más tiempo para irse de copas por la noche.
Imaginamos que más de uno pensará que la fórmula no es de fiar (nunca faltan malintencionados y descreídos). No hay cuidado. Los próceres disponen de medidas exactas y precisas, saben cuánto se debe tardar en cada tramo, la duración total de cada trayecto... y es seguro que se han tenido en cuenta todos los detalles: coeficientes de rozamiento y de penetración aerodinámica de las escuadras, acción de las fuerzas centrífuga y centrípeta en las curvas, procesos de ralentización y aceleración en cuestas y pendientes, dinámica de fluidos, etc. Nuestros directivos dan para eso y para mucho más.
Aun sabedores de los muchos méritos que adornan a los próceres asociativos, no hemos querido desaprovechar la oportunidad que se nos ofrecía y, con el tradicional espíritu de colaboración que desde siempre ha caracterizado nuestra relación con ellos, les hacemos desde estas páginas algunas sugerencias y recomendaciones que a buen seguro reforzarán las energías aceleradoras de nuestros simpáticos directivos.
Ante todo, conviene lograr la adhesión incondicional de las masas desfilantes a las nuevas medidas. Para ello, proponemos a nuestros próceres que echen mano de un recurso siempre efectivo: las pasiones. Y, dentro de éstas, una de las más elementales: la de competir y vencer. Al fin y al cabo, no decimos nada nuevo. Ya se utilizó este señuelo años atrás para convencer a los desfilantes de las bondades y excelencias que tenían los desfiles del tipo “parada militar”. Funcionó: la competición por los primeros premios es reñida y entusiasma a los participantes que pugnan por el calificativo de “mejor escuadra”.
Hágase, pues, otro tanto con la propuesta aceleradora: créense premios a la velocidad. Y, pensando en la mucha afición que en nuestro pueblo hay por el ciclismo, nos atrevemos a sugerir que se siga el modelo del Tour francés. A tal efecto, nuestros directivos asociativos deberían encargar a alguno de los modistos locales el diseño y confección de distintivos (chalecos, casacas, fajines, brazaletes, escarapelas o similares) que las escuadras ganadoras lucirían –obligatoriamente, por supuesto– en la totalidad de los actos de Fiestas en que participasen. Tales prendas distinguirían a los vencedores absolutos (de color amarillo, como es de esperar), a los más regulares en cada uno de los tramos de los desfiles (de color verde) y a los mejores subiendo y bajando cuestas (a topos). Piénsese en el orgullo que sentirán los miembros de las escuadras premiadas vistiendo estas prendas, signo y señal de su presteza desfilante. ¡Y qué gran honor para sus Comparsas!
Por supuesto, existen algunas cuestiones que convendría dejar aclaradas antes de lanzarse a la convocatoria de estos premios. Para empezar, habría que distinguir entre escuadras rulantes y escuadras bípedas. Es evidente que las primeras partirían con ventaja sobre las segundas. Correspondería, pues, a los próceres asociativos decidir si se admite a concurso –y en qué condiciones– a las dichas escuadras rulantes. También sería preciso delimitar con claridad los criterios a seguir para establecer los tiempos de cada escuadra: éstos se podrían fijar atendiendo, bien a la totalidad de sus miembros (en cuyo caso sólo se tomaría el tiempo del último llegado), bien a un grupo representativo (pongamos los cinco primeros). Y, por supuesto, habría que vigilar con especial cuidado que lo que debe ser un desfile no se convierta en una carrera. Para ello, nuestros eficientes directivos deberían dotar a los controladores de capacidad sancionadora para dejar fuera de concurso a cuantas escuadras fueran sorprendidas cambiando el paso de marcha por el paso de carrera.
Con vistas a hacer vibrar al público asistente con este nuevo género de competición festivo-deportiva sería de gran ayuda, y así lo sugerimos, instalar grandes paneles luminosos en algún punto significativo del recorrido (bien pudiera ser en la plaza del Carmen, frente a la tribuna autoritaria). Allí se informaría al respetable, segundo a segundo, de las incidencias y vicisitudes de cada una de las escuadras en su paso por los distintos puntos de control, con inclusión de estadísticas, análisis comparativos y gráficos de evolución, así como imágenes de los momentos más emocionantes. Convendría, además, disponer de un sistema de megafonía que hiciera aún más emocionante el seguimiento. Imagínese el impacto arrebatador de comentarios como éstos: “¡¡Situación peligrosa para la escuadra x, que ha perdido diez segundos respecto de su gran rival, la y, a su paso por el punto de control h!!”, “¡¡¡En un auténtico alarde de fuerza y maestría, la escuadra w ha recuperado cinco segundos con respecto al último control y se sitúa al mismo nivel de la escuadra u, la primera de la Comparsa k!!!”. Si la idea llegase a cuajar se podría pensar, incluso, en la posibilidad de retransmisiones radiofónicas y, por qué no, televisivas: una importante fuente de ingresos que nuestros abnegados dirigentes no deberían despreciar.
Por otro lado, la propuesta aceleradora de nuestros queridos próceres asociativos afecta a algunos de los elementos más significados dentro de los desfiles. Se hacen precisos ciertos cambios, drásticos en algunos casos, que no podemos dejar de señalar. Así, si se nos permite utilizar la jerga de los comentaristas deportivos, dentro de cada Comparsa el Sargento del Volante tendrá que convertirse en una especie de “liebre” para el resto de los desfilantes: de la rapidez de su marcha dependerán, en buena medida, los resultados de las escuadras que sigan sus pasos. A tal efecto, los directivos de las diversas Comparsas harían bien en obligar a sus sargentos a seguir un entrenamiento intenso y continuado durante, al menos, los seis meses anteriores al inicio de las Fiestas. Sabemos que esto puede resultar algo duro para los sargentos, pero los desfiles se merecen todos nuestros sacrificios.
También habrá que tomar medidas con los caballos, que tanto perturban la buena marcha de los desfilantes. Nosotros proponemos que sean sustituidos por monturas de cartón piedra o, mejor, de plástico, provistas de dispositivos eléctricos de avance (sin retroceso ni desplazamientos laterales). Cierto es que con esta solución los desfiles perderán espectacularidad, pero a cambio ganarán en celeridad. Además, siempre cabe el recurso de utilizar monturas guiadas por control remoto, lo que permitiría proveer de tales artilugios a escuadras enteras. Imagínese qué gran espectáculo constituirían estas auténticas “escuadras a caballo”, evolucionando al unísono bajo la guía experta de su cabo, pertrechado del mando único para el control de sus monturas.
Es posible, incluso, que alguno de estos cambios que vemos inevitables vengan a solucionar viejos problemas de los próceres asociativos. Tal es el caso de los “agüeros”, que tantos quebraderos de cabeza les dan. Nuestra propuesta, además de mejorar su efectividad, les daría un aire de modernidad que, estamos seguros, encantará a nuestros imaginativos dirigentes. Para empezar, el obsoleto y burdo nombre de “agüeros” sería sustituido por el de “unidades hidrificantes móviles” (o UHM) y ello en razón de la utilización de pequeños vehículos autopropulsados (similares a los que se encuentran en los campos de golf) y tripulados (es decir, con conductor: no es conveniente –y da muy mala imagen– que quien da de beber a los desfilantes empuñe al mismo tiempo un volante). No se nos escapa, por otra parte, que ciertas escuadras gustan de llevar con ellas una auténtica tropa de los tales “agüeros”, lo que irrita sobremanera a nuestros directivos. También para esta situación hemos hallado la solución. Se seguiría utilizando vehículos autopropulsados y tripulados, pero no “biplaza”, sino “multiplaza”: algo parecido a los trenes panorámicos que se encuentran en tantas localidades turísticas. Ni que decir tiene que la solución que proponemos transformaría unos elementos habitualmente incontrolados, dotados de una gran facilidad para entorpecer y retardar la buena marcha de los desfilantes, en auténticas “unidades de intervención rápida”, que no harían sino aportar ligereza y efectividad al desfile, amén, ya lo hemos dicho, de un innegable aire de modernidad y elegancia.
Además de las medidas y recomendaciones que hasta ahora hemos dado, hay otras un tanto extremas, pero de una gran efectividad. No nos resistimos a incluirlas, a pesar de su radicalidad, porque estamos seguros de que encontrarán la mejor acogida entre algunos de nuestros más significados próceres festivos, que a menudo hablan de la necesidad de hacer una auténtica selección, una depuración de los elementos más nocivos para los desfiles: “Aplastarlos como cucarachas” se ha oído alguna vez. Pues bien, he aquí nuestra contribución a esta campaña de limpieza y purga festera. Para empezar, proponemos que se instale a lo largo de los recorridos una red de rayos infrarrojos en el espacio que separa al público de los desfilantes. Es sabido que muchos espectadores tienen la irritante costumbre de irrumpir en la calzada para saludar a sus conocidos desfilantes, para darles de comer o de beber, algo que molesta y entorpece no poco el avance de las escuadras. Nuestra solución acabaría radicalmente con el problema: cada vez que un espectador interceptase el haz de infrarrojos resultaría inmediatamente desintegrado con un rayo láser lanzado desde una red de sensores distribuidos a lo largo del recorrido. Existe una alternativa menos sofisticada (y más barata): sustituir el entramado de infrarrojos y láser por bandas laterales electromagnéticas, conectadas a una red de alto voltaje. En ambos casos, los resultados serían fulminantes.
Además, la red de sensores sería de gran utilidad aplicada a las propias escuadras. Bastaría para ello con dotar a los dichos sensores de sistemas de medición de tiempos y distribuirlos en los distintos tramos señalados por los directivos asociativos. Como éstos ya tienen calculada la duración que corresponde a cada uno de los tramos sobre la base de la elaboradísima fórmula “12 mts. X 1 min.”, no habría más que proveer a los sensores de los datos pertinentes: todos aquellos desfilantes que llegasen al final de cada tramo fuera de los tiempos marcados serían directamente desintegrados con una descarga del láser. Estamos convencidos de que nuestros directivos más decididos y animosos, los que han reclamado insistentemente una auténtica purga de la masa desfilante, los que piden la eliminación radical de los elementos antisistema, sólo verán ventajas en estas medidas (mezcla de modernidad, tecnología y precisión) que les ofrecemos. Conocedores del mucho aprecio que sienten por nosotros, es lo menos que podíamos hacer.
Hemos reservado para el final una de las piezas básicas en nuestros desfiles: los boatos. Sin ellos, bien se podría decir que no existiría Entrada ni Enhorabuena. Son el alma, la médula espinal, el cogollo, el capullo, la quintaesencia, la razón de ser de los desfiles. A su lado, las escuadras palidecen, aún más, resultan toscas, casi impresentables. Es lógico, por ello, que a los desfilantes se les exija el pago de cuotas, en tanto que a los boatos se les abona muy gustosamente la cantidad que solicitan. Faltaría más.
Pero es el caso que algunos directivos asociativos, posiblemente mal informados, o desconocedores de la auténtica esencia de nuestros desfiles, se han atrevido a decir que son estos boatos los principales responsables de la lentitud de los desfiles. Conscientes de que semejante despropósito puede dar lugar a la aparición de innecesarias tensiones en el seno de nuestra bienamada Asociación, hemos creído oportuno sugerir un par de modificaciones adicionales que a buen seguro dejarán contentos a todos. Así, dando continuidad a una línea de acción iniciada, con tanto acierto, en el curso de las Fiestas del año 2000, proponemos que se lleve el Paseo de Volantes (un acto poco interesante, como algún prócer, con buen criterio, no ha dejado de señalar) al día 4 por la mañana y que, en su lugar, se haga una “Entrada de boatos” en la mañana del día 6, en tanto que la tarde de ese día quedaría para la “Entrada de escuadras”. Del mismo modo, el acto de acompañamiento al Capitán del día 9 por la mañana se podría suprimir directamente, para celebrar en su lugar la “Enhorabuena de boatos”. Esto último sería, además, el primer paso en una futura campaña de sustitución de actos de disparo por actividades lúdico-deportivas, en la línea defendida, con harto sentido común, por una facción importante de nuestros directivos asociativos. Y esto es todo.

Equipo Crónico Habitual

 

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